CRÍTICA



De qué hablamos cuando hablamos de amor


 

Por Marina Ponce

 

 

  

 

 

Recientemente Viola (2012) y Rosalinda (2010) fueron presentadas en estreno simultáneo durante el ciclo Foco Matías Piñeiro en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín. Ambos films son parte de “Las Shakespereadas”, un proyecto que viene desarrollando su director desde 2010. Se sumaron a este ciclo dos largometrajes anteriores del realizador y una selección de películas que marcaron su obra.

Da la sensación de que es Piñeiro quien logra que sea Shakespeare el que se adapte a su propio mundo más que lo que uno presupone: que Viola y Rosalinda son adaptaciones de Twelfth Night y As you like it, respectivamente. 

Acaso sean apropiaciones inquietas e irreverentes, como la idea de amor que persiguen, de ritmo placentero y agradable velocidad. Aquí Shakespeare funciona como disparador conceptual y es en él que Piñeiro encuentra una excusa para hablar del amor, desde la perspectiva femenina, con absoluta naturalidad.

Si sus argumentos parecen un elemento secundario es porque este es un cine que seduce y deslumbra principalmente por sus imágenes, en todo sentido brillantes, mientras explora la intimidad del universo femenino para devolvernos piezas de una belleza y un despliegue técnico asombrosos.

En Viola un grupo de actrices, liderado por Cecilia (Agustina Muñoz) y Sabrina (Elisa Carricajo), representa en un teatro de Buenos Aires la escena de Noche de Reyes de William Shakespeare en la que Cesario, un joven vasallo, lleva el mensaje de amor de su amo a Olivia quien se enamora de él. Al terminar la función, motivadas por la reciente ruptura amorosa de Sabrina con su pareja, las intérpretes mantienen una intensa discusión en la que exponen sus propias teorías sobre el amor y lo que cada una busca en un hombre y una relación. Cecilia asegura que Sabrina está equivocada y traza un extraño plan, que llevará a cabo en el siguiente ensayo. Durante el mismo Sabrina y Cecilia repiten el texto casi compulsivamente. Sus líneas están empapadas de una espontaneidad cronometrada y van adquieriendo cada vez un significado diferente que, quizás, por la repetición se pierde de manera instantánea.  

La escena que representan –la de Shakespeare, la de Piñeiro- se destaca por un inquietante increscendo de tensión sexual y belleza femenina, con un texto que funciona como espejo de los conflictos sentimentales de cada una y dispara una trama donde se mezclan sus propias vidas con la de los personajes que interpretan.


De este modo Matías Piñeiro nos introduce en un mundo de ficción dentro de la ficción anticipando que, de un momento a otro, se confundirá con la realidad y ya no podremos diferenciar una de la otra. 

Luego llegará Viola, en bicicleta, para unir ante el espectador los fragmentos de estas pequeñas historias y personajes sueltos, escenas de la vida real y de la ficción, estados de vigilia y de sueño. 

Si en Viola las historias se unen, en Rosalinda se van enredando y sus personajes, captados por una cámara invisible y precisa, se confunden -y se funden- mientras  juegan a ser otros. 

En ambas, el límite entre la ficción y la realidad se diluye progresivamente. Ninguna intenta despuntar las ambigüedades que van sembrando, al contrario: las explotan cada una a su manera y desde su lugar: Viola más cerca del drama, desde la intimidad de sus personajes y la cotidianidad de la ciudad; Rosalinda desde el lirismo colectivo de una comedia de enredos en un día de campo. Entre disfraces, intrigas y engaños, sin importar el idioma en que hablen, todos los personajes -los de Shakespeare y los de Piñeiro- hablan de amor.