RESCATES



Virgilio Piñera, un cuentista bajo la cama


Por Daniel Fara

 

 

"No bien tuve la edad exigida (...) me enteré de tres cosas lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el Arte".

Esta observación tragicómica sobre sí mismo fue formulada, alguna vez, por Virgilio Domingo Piñera Llera (1912 - 1979), cubano, y bien puede ponerse a cuenta de lo mucho y extraordinario que produjo como polígrafo, esto es: poeta, cuentista, novelista, dramaturgo, ensayista y traductor.

Para empezar por algún lado que no sea el principio, digamos que, exiliado en Buenos Aires para la época en que Cuba era aplastada por la dictadura de Fulgencio Batista, conoció a Witold Gombrowicz, con quien tantas cosas compartiría. Witoldo se decidió por ese tiempo (1946) a traducir su Ferdydurke (1939) del polaco al ¿español?. Formó un comité de traducción y nombró presidente a Piñera. Por muchas razones atinentes a los idiomas que cada uno manejaba, pero sobre todo porque esa traducción se desarrolló como un sublime acto de re-creación, el Ferdydurke pasó a ser una obra escrita en un idioma propio, original, único, y el que así fuera se debió fundamentalmente al humor y la originalidad de Piñera.



En tres géneros produjo, por lo menos, una obra genial, La isla en peso (poesía), La carne de René (novela) y en cuento... tenemos que nombrar dos: Cuentos fríos y El que vino a salvarme.

Sin quitar valor a sus otras incursiones literarias, puede decirse que Piñera logró como cuentista una obra que lo convirtió en uno de los mejores narradores de todas las épocas. Kafka, Maupassant, Bruno Schulz, Akutagawa, Macedonio, se cruzan y se funden en sus cuentos pero también disienten y se pelean de un modo extremadamente productivo. El terror, el absurdo, el grotesco, el humor blanco y el negro se ponen a las órdenes de una imaginación capaz de alcanzar lo impensable, pero también responden a la sugestión de una impronta lírica originalísima.

Hay un antes y un después para el que lee a Piñera. Esto ha sido dicho a partir de la obra de muchos escritores, pero aquí el cliché deja de serlo y se convierte en lo que podría llamarse una consideración necesaria si se intenta brindar una semblanza del cubano.

Como ocurre con relación a Borges, a Felisberto, a Flannery O'Connor, por nombrar autores tan diferentes entre sí como geniales, Virgilio Piñera se ha convertido en esa especie peculiar de escritor clásico que se la pasa jugándonos bromas. En vez de portarse bien y quedarse "quietecito" en su estante, el corpus de Piñera se fuga de la biblioteca, le corta la corriente a la presunción y la solemnidad literarias y termina escondido bajo la cama de cada uno de nosotros, haciéndonos reir, temblar, incursionar en la maravilla, todo al mismo tiempo, para nuestra insomne felicidad de lectores.     

 




Selección de Cuentos de Virgilio Piñera 

 

Natación 

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos. 

No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.

Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

(1957)

 

La montaña 

La montaña tiene mil metros de altura. He decidido comérmela poco a poco. Es una montaña como todas las montañas: vegetación, piedras, tierra, animales y hasta seres humanos que suben y bajan por sus laderas. 

Todas las mañanas me echo boca abajo sobre ella y empiezo a masticar lo primero que me sale al paso. Así me estoy varias horas. Vuelvo a casa con el cuerpo molido y con las mandíbulas deshechas. Después de un breve descanso me siento en el portal a mirarla en la azulada lejanía. 

Si yo dijera estas cosas al vecino de seguro que reiría a carcajadas o me tomaría por loco. Pero yo, que sé lo que me traigo entre manos, veo muy bien que ella pierde redondez y altura. Entonces hablarán de trastornos geológicos. 

He ahí mi tragedia: ninguno querrá admitir que he sido yo el devorador de la montaña de mil metros de altura.

(1957)

 

La batalla 

La batalla comenzaría con matemática precisión a las once de la mañana. Los generalísimos de uno y otro ejército se hacían lenguas de la eficiencia y el valor de sus soldados, y de haber confiado en los entusiasmos de los generalísimos se habría caído en el grave error lógico de suponer que dos victorias tendrían que producirse inevitablemente. Pero siguiendo estas mismas deducciones lógicas es preciso confesar que algo extraño comenzaba a deformar aquellas concepciones. Por ejemplo, el generalísimo del ejército atrincherado en la colina dio muestras de ostensible impaciencia al comprobar, cronómetro en mano, que todavía a las once y cinco minutos no se había producido el ablandamiento de las defensas exteriores de su ejército por parte de la aviación enemiga. Todo esto era tan insólito, contravenía de tal modo el espíritu de regularidad de la batalla, que sin poder ocultar sus temores tomó el teléfono de campaña a fin de comunicárselos a su rival, el generalísimo del otro ejército, atrincherado a su vez en la vasta planicie fronteriza a la citada colina. Éste le respondió con la misma angustia. Ya habían transcurrido cinco minutos y el ablandamiento de las defensas exteriores no tenía trazas de comenzar. Imposible iniciar la batalla sin esta operación preparatoria. Pero las cosas se fueron complicando al negarse los tanquistas a iniciar el asalto. Los generalísimos pensaron en los procedimientos expeditivos del fusilamiento. Tampoco fue posible llevarlos a cabo. Los generalísimos estuvieron de acuerdo en que la negativa a combatir no provenía de esas causas que se resumen en la conocida frase: "Baja moral de las tropas..." A fin de dar ejemplo de disciplina y obediencia a la causa militar, los generalísimos entablaron una singular batalla: conduciendo cada uno un gran tanque se acometieron como dos gigantes. La lucha fue breve y ambos perecieron. Frente a un espejito colgado de un trípode, un soldado se rasuraba. Un enorme gato daba vueltas alrededor de un paracaídas desplegado. 

El perro mascota del ejército atrincherado en la planicie mordisqueaba con indolencia una mano del generalísimo del ejército atrincherado en la colina. No era aventurado suponer que todavía a las doce y cuarto la batalla no habría comenzado.

(1944)

 

El que vino a salvarme 

Siempre tuve un gran miedo: no saber cuándo moriría. Mi mujer afirmaba que la culpa era de mi padre; mi madre estaba agonizando, él me puso frente a ella y me obligó a besarla. Por esa época yo tenía diez años y ya sabemos todo eso de que la presencia de la muerte deja una profunda huella en los niños... No digo que la aseveración sea falsa, pero en mi caso, es distinto. Lo que mi mujer ignora es que yo vi ajusticiar a un hombre, y lo vi por pura casualidad. Justicia irregular, es decir, dos hombres le tienden un lazo a otro hombre en el servicio sanitario de un cine y lo degüellan. ¿Cómo? Yo estaba encerrado haciendo caca y ellos no podían verme; estaban en los mingitorios. Yo hacía caca plácidamente y de pronto oí: "Pero no van a matarme..." Miré por el enrejillado, y entonces vi una navaja cortando un pescuezo, sentí un alarido, sangre a borbotones y piernas que se alejaban a toda prisa. Cuando la policía llegó al lugar del hecho me encontró desmayado, casi muerto, con eso que le dicen "shock nervioso". Estuve un mes entre la vida y la muerte. 

Bueno, no vayan a pensar que, en lo sucesivo, iba a tener miedo de ser degollado. Bueno, pueden pensarlo, están en su derecho. Si alguien ve degollar a un hombre, es lógico que piense que también puede ocurrirle lo mismo a él, pero también es lógico pensar que no va a dar la maldita casualidad de que el destino, o lo que sea, lo haya escogido a uno para que tenga la misma suerte del hombre que degollaron en el servicio sanitario del cine. 

No, no era ése mi miedo; el que yo sentí, justo en el momento en que degollaban al tipo, se podía expresar con esta frase: ¿Cuál es la hora? Imaginemos a un viejo de ochenta años, listo ya para enfrentarse a la muerte; pienso que su idea fija no puede ser otra que preguntarse: ¿será esta noche?..., ¿será mañana?..., ¿será a las tres de la madrugada de pasado mañana?... ¿Va a ser ahora mismo en que estoy pensando que será pasado mañana a las tres de la madrugada?... Como sabe y siente que el tiempo de vida que le queda es muy reducido, estima que sus cálculos sobre la "hora fatal" son bastante precisos, pero, al mismo tiempo, la impotencia en que se encuentra para fijar "el momento" los reduce a cero. En cambio, el tipo asesinado en el servicio sanitario supo, así de pronto, cuál sería su hora. En el momento de proferir: "Pero no van a matarme...", ya sabía que le llegaba su hora. Entre su exclamación desesperada y la mano que accionaba la navaja para cercenarle el cuello, supo el minuto exacto de su muerte. Es decir, que si la exclamación se produjo, por ejemplo, a las nueve horas, cuatro minutos y cinco segundos de la noche y la degollación a las nueve, cuatro minutos y ocho segundos, él supo exactamente su hora de morir con una anticipación de tres segundos. 

En cambio, aquí, echado en la cama, solo (mi mujer murió el año pasado y, por otra parte, no sé la pobre en qué podría ayudarme en lo que se refiere a lo de la hora de mi muerte), estoy devanándome los pocos sesos que me quedan. Es sabido que cuando se tiene noventa años (y es ésa mi edad) se está, como el viajero, pendiente de la hora, con la diferencia de que el viajero la sabe y uno la ignora. Pero no anticipemos. 

Cuando lo del tipo degollado en el servicio sanitario yo tenía apenas veinte años. El hecho de estar "lleno" de vida en ese entonces y además, tenerla por delante casi como una eternidad, borró pronto aquel cuadro sangriento y aquella pregunta angustiosa. Cuando se está lleno de vida solo se tiene tiempo para vivir y "vivirse". Uno "se vive" y se dice: "¡Qué saludable estoy, respiro salud por todos mis poros, soy capaz de comerme un buey, copular cinco veces por día, trabajar sin desfallecer veinte horas seguidas!...", y entonces uno no puede tener noción de lo que es morir y "morirse". Cuando a los veintidós años me casé, mi mujer, viendo mis "ardores" me dijo una noche: "¿Vas a ser conmigo el mismo cuando seas un viejito?" Y le contesté: "¿Qué es un viejito? ¿Acaso tú lo sabes?" 

Ella, naturalmente, tampoco lo sabía. Y como ni ella ni yo podíamos, por el momento, configurar a un viejito, pues nos echamos a reír y fornicamos de lo lindo.

 Pero recién cumplidos los cincuenta, empecé a vislumbrar lo de ser un viejito, y también empecé a pensar en eso de la hora... Por supuesto, proseguía viviendo, pero al mismo tiempo empezaba a morirme, y una curiosidad, enfermiza y devoradora, me ponía por delante el momento fatal. Ya que tenía que morir, al menos saber en qué instante sobrevendría mi muerte, como sé, por ejemplo, el instante preciso en que me lavo los dientes... 

Y a medida que me hacía más viejo, este pensamiento se fue haciendo más obsesivo hasta llegar a lo que llamamos fijación. Allá por los setenta hice, de modo inesperado, mi primer viaje en avión. Recibí un cablegrama de la mujer de mi único her-mano avisándome que éste se moría. Tomé, pues el avión. A las dos horas de vuelo se produjo mal tiempo. El avión era una pluma en la tempestad, y todo eso que se dice de los aviones bajo los efectos de una tormenta: pasajeros aterrados, idas y venidas de las aeromozas, objetos que se vienen al suelo, gritos de mujeres y de niños mezclados con padrenuestros y avemarías, en fin, ese memento mori que es más memento a cuarenta mil pies de altura. 

—Gracias a Dios –me dije–, gracias a Dios que por vez primera me acerco a una cierta precisión en lo que se refiere al momento de mi muerte. Al menos, en esta nave en peligro de estrellarse, ya puedo ir calculando el momento. ¿Diez, quince, treinta y ocho minutos?... No importa, estoy cerca, y tú, muerte, no lograrás sorprenderme. 

Confieso que gocé salvajemente. Ni por un instante se me ocurrió rezar, pasar revista a mi vida, hacer acto de contrición o simplemente esa función fisiológica que es vomitar. No, sólo estaba atento a la inminente caída del avión para saber, mientras nos íbamos estrellando, que ése era el momento de mi muerte. 

Pasado el peligro, una pasajera me dijo: "Oiga, lo estuve viendo mientras estábamos por caemos, y usted como si nada..." Me sonreí, no le contesté; ella, con su angustia aún reflejada en su cara, ignoraba "mi angustia" que, por una sola vez en mi vida, se había transformado a esos cuarenta mil pies de altura en un estado de gracia comparable al de los santos más calificados de la Iglesia. 

Pero a cuarenta mil pies de altura en un avión azotado por la tormenta –único paraíso entrevisto en mi larga vida– no se está todos los días; por el contrario se habita el infierno que cada cual se construye: sus paredes son pensamientos, su techo terrores y sus ventanas abismos... Y dentro, uno helándose a fuego lento, quiero decir perdiendo vida en medio de llamas que adoptan formas singulares, "a qué hora", "un martes o un sábado", "en el otoño o en la primavera"... 

Y yo me hielo y me quemo cada vez más. Me he convertido en un acabado espécimen de un museo de teratología y al mismo tiempo soy la viva imagen de la desnutrición. Tengo por seguro que por mis venas no corre sangre sino pus; hay que ver mis escaras –purulentas, cárdenas–, y mis huesos, que parecen haberle conferido a mi cuerpo una y otra anatomía. Los de las caderas, como un río, se han salido de madre; las clavículas, al descarnarme, parecen anclas pendiendo del costado de un barco; los occipitales hacen de mi cabeza un coco aplastado de un mazazo. 

Sin embargo, lo que la cabeza contiene sigue pensando, y pensando en su idea fija; ahora mismo, en este instante, en mi cuarto, tirado en la cama, con la muerte encima, con la muerte, que puede ser esa foto de mi padre muerto, que me mira y me dice: "Te voy a sorprender, no podrás saber, me estás viendo pero ignoras cuándo te asestaré el golpe..."

Por mi parte, miré más fijamente la foto de mi padre y le dije: "No te vas a salir con la tuya, sabré el momento en que me echarás el guante y antes gritaré: ¡Es ahora! y no te quedará otro remedio que confesarte vencido". 

Y justo en ese momento, en ese momento que participa de la realidad y de la irrealidad, sentí unos pasos que, a su vez, participaban de esa misma realidad e irrealidad. Desvié la vista de la foto e inconscientemente la puse en el espejo del ropero que está frente a mi cama. En él vi reflejada la cara de un hombre joven, sólo su cara ya que el resto del cuerpo se sustraía a mi vista debido a un biombo colocado entre los pies de la cama y el espejo. Pero no le di mayor importancia; sería incomprensible que no se la diera teniendo otra edad, es decir, la edad en que uno está realmente vivo y la inopinada presencia de un extraño en nuestro cuarto nos causaría desde sorpresa hasta terror. Pero a mi edad y en el estado de languidez en que me hallaba, un extraño y su rostro es sólo parte de la realidad-irrealidad que se padece. Es decir, que ese extraño y su cara era, o un objeto más de los muchos que pueblan mi cuarto, o un fantasma de los muchos que pueblan mi cabeza. En consecuencia volví a poner la vista en la foto de mi padre, y cuando volví a mirar el espejo la cara del extraño había desaparecido. Volví de nuevo a mirar la foto y creí advertir que la cara de mi padre estaba como enfurruñada, es decir, la cara de mi padre por ser la de él, pero al mismo tiempo con una cara que no era la suya, sino como si se la hubiera maquillado para hacer un personaje de tragedia. Pero vaya usted a saber... En ese linde entre realidad e irrealidad todo es posible, y más importante, todo ocurre y no ocurre. Entonces cerré los ojos y empecé a decir en voz alta: ahora, ahora... De pronto sentí ruido de pisadas muy cerca del respaldar de la cama; abrí los ojos y allí estaba, frente a mí, el extraño, con todo su cuerpo largo como un kilómetro. Pensé: "Bah, lo mismo del espejo...", y volví a mirar la foto de mi padre. Pero algo me decía que volviera a mirar al extraño. No desobedecí mi voz interior y lo miré. Ahora esgrimía una navaja e iba inclinando lentamente el cuerpo mientras me miraba fijamente. Entonces comprendí que ese extraño era el que venía a salvarme. Supe con una anticipación de varios segundos el momento exacto de mi muerte. Cuando la navaja se hundió en mi yugular, miré a mi salvador y, entre borbotones de sangre, le dije: "Gracias por haber venido". 

(1967)