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El Manual de Supervivencia de Rick Grimes

Por Horacio Mohando

 

Como el bushido de los samuráis, detrás del fenómeno de The Walking Dead hay un estricto código de disciplina, un programa de salvataje riguroso para dar la pelea que el mundo infestado de muertos vivos demanda. Batallas con honor pero sin humanidad, o con la poca que queda. Acá analizamos por qué Rick Grimes se puso al hombro la narrativa zombie y la llevó a otro nivel.

 



The Walking Dead

2015,  AMC

 

En un Apocalipsis zombie lo más parecido a la salvación que te puede pasar es formar parte del grupo que lidera Rick Grimes. La admisión aparenta ser sencilla: deberás contestar tres preguntas. Lo que no es tan fácil es definir la forma y el peso moral que deberán tener las respuestas para que Rick decida aceptarte entre los suyos. Pero aún así, lo cierto es que este simple test por sí solo es suficiente para describir los pilares de la construcción argumental de todas y cada una de las temporadas de The Walking Dead. 

La primera pregunta es a cuántos caminantes, walkers, mataste hasta el momento de solicitar el ingreso. El otrora conocido como zombie o muerto vivo, se mueve con el objetivo de comer a cuanto ser vivo se le cruce. No hay segundas intenciones, ni planes de conquistar al mundo. Son lentos, previsibles y cual tiernos gatitos se dejan arrear por cualquiera que haga ruido o tenga una luz brillante. Lo que los hace peligrosos es su número sumado a que el mal que los habita, aunque no se entienda del todo su naturaleza, se transmite de manera fácil y rápida. Por eso la indagación de Rick sobre el número de caminantes que tenés en tu haber. Se trata de establecer si llegaste vivo hasta acá por pura suerte o porque de verdad entendiste que lo único que se puede hacer es aniquilarlos, que es ellos o nosotros, que no queda otra. Cuanto más alto sea este número Rick sabe que ya entendiste que ese que viene hacia vos ya no es un ser humano, que lo que levanta a los muertos no tiene nada que ver con una resurrección. Valora la experiencia porque está seguro que no alcanza con saber, porque esto se aprende rápido, que la única manera de acabarlos es apuntando directo hacia el cerebro. Habiéndolo hecho muchas veces es lógico pensar que tenés un método y la suficiente sabiduría para administrar las balas que, como casi todo, son escasas. 

Las dos preguntas restantes son a cuántas personas mataste y por qué. Si el número es demasiado alto Rick se preguntará si en realidad no estás aprovechando toda esta confusión para dar rienda suelta a tu instinto asesino. Con un número bajo puede ser que todavía no hayas entendido la seriedad del asunto. Rick trata de descubrir si matar a otros fue tu última y desesperada opción para no morir. Y a su vez, detectar si de ahora en adelante serás capaz de hacer lo mismo pero pensando en el bien común. Te sumará una estrella de estoicismo si tuviste que matar a tu hijo, o a tu madre y a la vecina, o al amor de tu vida. Ahí queda claro que lo hiciste porque era lo que correspondía. Por cada decisión difícil que tuviste más templado estará tu carácter y por ello más altas son tus probabilidades de sobrevivir. Lo que se evalúa también en este por qué, es la capacidad de cargar con tus propios muertos. La noción de sacrificio viene asociada a la responsabilidad. Si el sentimentalismo no te permitió ejecutar cuando era el momento y otro lo tuvo que hacer en tu lugar, Rick sabe que no estás maduro y a su vez, verá tu resentimiento,  la culpa, la sed de venganza y de más sangre. Y esto no es bueno porque debilita la muralla emocional que Rick va construyendo capítulo a capítulo para que cada vez haya menos chances de que literalmente los devoren los de afuera.

Rick se despertó de un coma y tuvo que aprender rápido las reglas del nuevo mundo.  Su rol de héroe clásico se definió desde el principio con un uniforme y montando un caballo. Fue sumando pequeños y grandes actos de heroísmo que transcendieron el objetivo de mantener a salvo a su familia, ampliándolo al resto de la gente con la que se fue cruzando. Aprendió de cada muerte, de cada batalla y fue perdiendo la capacidad de dudar de sus decisiones en un espacio donde no hay lugar para el pasado. Lo máximo que pueden ir para atrás con la memoria, él y su grupo, es apenas unos días o un par de meses, donde los caminantes ya estaban en el mundo. Tampoco se permiten la nostalgia. No se extraña el celular, Internet o la televisión. 

Sobrevivir también los aleja del sexo y el romance. Se dibujan ciertos coqueteos, cierta afinidad de clase sentimental y espacial pero siempre envuelto en puritana sugerencia, en miradas, en besos de despedida antes de las salidas para encontrar agua y comida. Se vive solo el presente pero no con la desesperación filosófica del existencialismo sino más bien con la amargura del psicoanálisis. Sin destino fijo tampoco queda nada en que creer. Hay ausencia de la religión, incluso en versión delirio místico como generador de discordia o escalada hacia la locura.  Cualquier anomalía que haya existido previa a la aparición de los caminantes ya no es relevante. Se terminaron los cuestionamientos de credo, sexuales, raciales y políticos. 

Aún así no es el concepto romántico de la humanidad unidad frente a una amenaza el que se instala sino más bien el clásico hombre lobo del hombre. El grupo de Rick avanza, sin declarar nunca qué es lo que están buscando, intentando conquistar lugares que aspiran  a ser santuarios o fortalezas, habitados por extraños, con reglas específicas o salvajes. Pero siempre son territorios incómodos, frágiles, perversos. Y siempre la causa última del deterioro de estos delicados equilibrios serán los hombres. Es lo que aprendió Rick: si los muertos que caminan no son de confiar, los vivos son peores. Todo se arruinará, las defensas caerán, solo por culpa de los hombres. Todos los derrumbes, todos los planes fracasados, todos y cada uno de los oasis encontrados terminan siendo vulnerados, dejan de ser inexpugnables debido a las características humanas más elementales: la envidia, el egoísmo y la búsqueda de poder. Los caminantes aparecerán al final, cruzando por los huecos de los alambrados,  carroñeros, para hacerse una fiesta con las sobras.

Si bien la trama parece repetir una y otra vez este encuentro y caída de arquitectónicas promesas de salvación, The Walking Dead está contado con oficio y maestría. Las escenas de acción son tensas, logradas y se desarrollan con inteligencia, con una acertada distribución de todos y cada uno de los recursos del lenguaje audiovisual. Su estilizado gore tiene la capacidad de seguir impresionando.  Los defectos de que adolecen los caminantes se convierten en puro terror gracias a la persistencia idiota con la que han sido dotados. Se vuelven demoledores, despiadados y aun cuando solo son huesos con un poco de carne con un solo gesto pueden plantar el inevitable comienzo de una tragedia. Las luces y las sombras se colocan y se desplazan en iglesias, en supermercados, en casas abandonadas, en perfecta sincronía con el espíritu del relato. En el tejido mayor, aprovechando la extensión que permite el formato, se meten intercaladas las pequeñas y potentes historias paralelas protagonizadas por personajes secundarios con carácter y multidimensionales. 

El espíritu fagocitador del éxito, sumado a la actual adicción multimediática de estar en todos los lados posibles, hace creer que es fácil trasladar a otros ámbitos toda esta suma de virtudes.  The Walking Dead, como toda gran serie, ha demostrado una vez más lo contrario. Cualquier expansión directa o indirecta pero siempre oportunista ha fracasado. Terminó la primera temporada de la precuela Fear The Walking Dead (2015), dejando la sensación de que prometió más de lo que pudo  cumplir. Apenas pudo ser más de lo mismo pero menos. Irrelevantes han sido las webseries Torn Apart (2011), Cold Storage (2012), The Oath (2013) y Flight 462 (2015).  Desde enfrente, Z Nation (2014) no pudo encontrar su lugar de equivalente berreta.  Se puede mencionar como antecedente al honorable producto inglés Dead Set (2008) y a la contemporánea, reflexiva, también británica y ya concluida In the Flesh (2013). Las pantallas cinematográficas después de George Romero, maestro y padre de todos los  zombies modernos del mundo, tampoco han sido tierra fértil para una verdadera resurrección. Excepcional y maravillosa sobresale 28 Days Laters…(Danny Boyle, 2002). Se agradeció la aparición de Zombieland (Ruben Fleischer, 2009), Warm Bodies (Jonathan Levine, 2013) apenas fue simpática y los mejores chistes de muertos vivos han sido los de Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004). World War Z (Marc Forster, 2013) comete el tremendo error de convertir a los zombies en una masa uniforme de corredores y escaladores de paredes sin ningún tipo de gracia. La reciente The Walking Deceased (Scott Dow, 2015) no debería ni ser mencionada y corresponde la condena de olvido inmediato. Si bien es cierto que las ideas no se matan parece que nadie aprendió, tal como lo hizo Rick, que para ser un enemigo digno lo mínimo que tenés que tener es un cerebro que funcione.